martes, 3 de septiembre de 2013

caramelo

Pedacitos de amapola caídos en el piso, le marcaron el camino…al lugar que parecía prohibido. Un calor fresco la sacudió sobre la cama dejando volar su vestido y se le vieron las partes. Usar bombacha parecía haber pasado de moda, y qué importaba si ahí no estaba. Los ojos se le fueron cerrando en cámara lenta, a él no, a ella. Qué manera de transpirar la suya,  ella no,  él. Y porqué no saltaba encima de toda esa piel húmeda que lo llamaba? No tenía caso, no tenía caso pensar demasiado cuando la oscuridad se encendiera del todo, total el fuego la iluminaría.
Lo mejor de su adulterio era la niñez que ya no quería y soñaba entre sus piernas con dos dedos vergonzosos, sin sacarle la ilusión.
Tenía intactos los labios, tenía virgen la piel y ni hablar de ese culo que lo volvía loco. Tenía además un cuello que lo transportaba directamente a la boca, y tenía la lengua dulce todavía. Le tocó la nariz, que conservaba fría y le miró los ojos, que se abrían despacio que se abrían fuerte… a cada contacto.
Sus ligeros breteles bailaban en los hombros, amagando caer al abismo semental de esos senos incandescentes, que lo encandilaban con un placer irresistible.
No era de ninguna parte, no tenía nombre ni edad ni rutina. Era ella, sin preguntas. Era ella con respuestas. Era, simple y asusta. Vulnerable y deliciosa. Más de lo que un premio pudiera darle; más de lo merecido. Era la delicadeza que hacía rato no tenía, era la torpeza del que sabe y la virtud. Era todo lo que ella buscaba. Era todo lo que ella ofrecía.
Le llegaba hasta las pestañas el olor a mujer oculta. El olor a mujer que grita, silenciosa y feroz.
Era humana porque en su espalda lisa y sedosa, sólo faltaban alas. Y se notaba el calor que le chorreaba.
Recordar el color de su pelo habría sido un desperdicio, porque no había habido sueño mejor que sus dedos enredados…en ella.
Conteniendo el arrebato, se apoyó en el umbral de la puerta. Le hizo un lugar en la cama incitándolo a jugar. Inmóvil. Inclinó su cuerpo hacia los ojos que la devoraban y se le juntaron los senos y se mordió los labios y se le insinuó el sexo. Resistió. Dejó en la cama toda su adultez y arrastrando consigo la inocencia que lo había traído hasta ahí, esa nena con ojos de incendio, le susurró al oído: enseñame.


Y el azúcar se prendió fuego. 

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