Pedacitos de
amapola caídos en el piso, le marcaron el camino…al lugar que parecía
prohibido. Un calor fresco la sacudió sobre la cama dejando volar su vestido y
se le vieron las partes. Usar bombacha parecía haber pasado de moda, y qué
importaba si ahí no estaba. Los ojos se le fueron cerrando en cámara lenta, a
él no, a ella. Qué manera de transpirar la suya, ella no, él. Y
porqué no saltaba encima de toda esa piel húmeda que lo llamaba? No tenía caso,
no tenía caso pensar demasiado cuando la oscuridad se encendiera del todo,
total el fuego la iluminaría.
Lo mejor de su
adulterio era la niñez que ya no quería y soñaba entre sus piernas con dos
dedos vergonzosos, sin sacarle la ilusión.
Tenía intactos los
labios, tenía virgen la piel y ni hablar de ese culo que lo volvía loco. Tenía
además un cuello que lo transportaba directamente a la boca, y tenía la lengua
dulce todavía. Le tocó la nariz, que conservaba fría y le miró los ojos, que se
abrían despacio que se abrían fuerte… a cada contacto.
Sus ligeros breteles
bailaban en los hombros, amagando caer al abismo semental de esos senos
incandescentes, que lo encandilaban con un placer irresistible.
No era de ninguna
parte, no tenía nombre ni edad ni rutina. Era ella, sin preguntas. Era ella con
respuestas. Era, simple y asusta. Vulnerable y deliciosa. Más de lo que un
premio pudiera darle; más de lo merecido. Era la delicadeza que hacía rato no
tenía, era la torpeza del que sabe y la virtud. Era todo lo que ella buscaba.
Era todo lo que ella ofrecía.
Le llegaba hasta
las pestañas el olor a mujer oculta. El olor a mujer que grita, silenciosa y
feroz.
Era humana porque
en su espalda lisa y sedosa, sólo faltaban alas. Y se notaba el calor que le
chorreaba.
Recordar el color
de su pelo habría sido un desperdicio, porque no había habido sueño mejor que
sus dedos enredados…en ella.
Conteniendo el
arrebato, se apoyó en el umbral de la puerta. Le hizo un lugar en la cama
incitándolo a jugar. Inmóvil. Inclinó su cuerpo hacia los ojos que la devoraban
y se le juntaron los senos y se mordió los labios y se le insinuó el sexo.
Resistió. Dejó en la cama toda su adultez y arrastrando consigo la inocencia
que lo había traído hasta ahí, esa nena con ojos de incendio, le susurró al
oído: enseñame.
Y el azúcar se
prendió fuego.
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